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La práctica del Sexting en los Chat.

Publicado 28/01/2020

Si bien el sexting no es un fenómeno únicamente extendido entre los más jóvenes, y de hecho, es una práctica que se encuentra muy extendida entre los adultos, está claro que en los menores de edad concurren ciertas características que agravan la situación. De forma habitual, los chicos y chicas no consideran la pérdida de privacidad que supone la publicación de imágenes de contenido sexual ni evalúan las consecuencias de que éstas acaben en los dispositivos de otras personas, sean conocidas o no.

El sexting consiste en la difusión o publicación de imágenes o videos de tipo sexual, producidos por el propio remitente, principalmente a través del teléfono móvil o por otros dispositivos tecnológicos. El término sexting es un anglicismo que proviene de dos vocablos: “sex” (sexo) y “texting” (envío de mensajes de texto a través de los teléfonos móviles); en español también se conoce como sexteo.

 

Esta práctica se populariza a partir del 2005 en países como EEUU, Canadá, Gran Bretaña y Australia, y como otras prácticas anglosajonas, pronto se extendió a Latinoamérica y a España. Diferentes estudios afirman que aproximadamente desde 2009, esta práctica se convirtió en un suceso cotidiano entre adolescentes, comúnmente relacionado al consumo de alcohol y drogas, pero también asociado a nuevas prácticas de demostrar algún compromiso y/o sentimiento pasional. Los casos de presión y chantaje, también aparecieron entre los orígenes asociados.

Aproximadamente, el 6 % de los menores entre 12 y 18 años han sufrido alguna forma de ciberacoso sexual en algún momento de su vida. Haber sido acosado de forma reiterada con mensajes de carácter sexual a través de Internet o del teléfono móvil es la forma más frecuente, hecho que sufren especialmente las chicas. También son ellas las que tienen el doble de probabilidad de verse obligadas a enviar fotografías de naturaleza sexual.

Es importante destacar que las imágenes o vídeos son realizados por el mismo remitente de forma voluntaria, o bien son realizados por otra persona, pero quién las protagoniza presta su consentimiento para ello, al menos de manera inicial. Es lo que se conoce como “sexting activo”, en el que el protagonista de dichas imágenes aparece en fotos o vídeos en posturas provocativas o inapropiadas. Por su parte, se conoce como “sexting pasivo” al acto de recibir las imágenes.

En la adolescencia concurren una serie de circunstancias, tales como la revolución hormonal, química y psicológica de los jóvenes, la necesidad de autoafirmación, de definición sexual y de pertenencia a un grupo, que los hacen más propensos a situaciones de sobreexposición en temas sexuales, especialmente en el entorno cercano entre iguales, a quienes consideran importantes para su definición y encaje social. Por este motivo, y a pesar de los riesgos que supone la extensión de la práctica del sexting, se sigue practicando entre los menores de edad.

El sexting puede tener consecuencias imprevistas para quienes tomaron las imágenes o los vídeos, especialmente cuando el caso se convierte en algo público.

La “superioridad tecnológica” de niños, niñas y adolescentes, tanto en el colegio como en el instituto, les lleva a no pedir ayuda o consejo a sus mayores cuando las consecuencias de sus actos, como en el caso del sexting, se convierten en un problema. Creen saberlo todo, lo que unido a su menor conciencia del riesgo, el exceso de confianza tecnológica y la necesidad de pertenencia e identificación grupal, puede aumentar los peligros que entrañan las prácticas de realización de imágenes y vídeos de índole sexual y su posterior envío.

El peligro del “sexting” es que ese material puede ser difundido de manera muy fácil, de forma que el remitente inicial pierde el control sobre la difusión de dichos contenidos, y ello como consecuencia de los avances tecnológicos en la comunicación.

El “sexting”,  encuentra su regulación legal en el artículo 197.7 del Código Penal, y se define como el envío a través de la red o de cualquier terminal telefónico de mensajes de contenido sexual producidos y protagonizados por el emisor del mensaje, en el que la persona afectada otorga el consentimiento en el ámbito íntimo de la pareja, si bien con posteridad una de las partes implicadas difunde a terceros sin el consentimiento de la otra parte, atentando de este modo contra la dignidad e intimidad de la otra persona.

Es importante aclarar que se considera autor del delito tanto a quien haya protagonizado y grabado una relación íntima con consentimiento con un tercero y lo difunde sin consentimiento (para este caso se prevé una pena de 2 a 5 años de prisión), como a quien reciba imágenes de otra persona sin haber participado en la grabación y las difunda (la pena de privación de libertad prevista para este tipo de delito es de 3 meses a 1 año o multa de 6 a 12 meses).

En este delito también se recoge una agravación de la pena para los supuestos en que la divulgación de imágenes se lleve a cabo por el cónyuge o por persona que esté o haya estado unida a él por análoga relación de afectividad, aún sin convivencia, la víctima fuere menor de edad o una persona con discapacidad.

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